Hoy es 7 de julio del 2020, exactamente hace un año volaba de retorno al Perú luego de 16 meses de una vida intensa e inesperadamente dolorosa en Barcelona. Recuerdo ese 7 de julio como si fuera ayer: logré colocar mi bolso de mano debajo del asiento delantero y me senté totalmente inmóvil y exhausta junto a la ventanilla del avión en el aeropuerto El Prat de Barcelona, quizás tardé un par de horas en decidir o poder hacer algún movimiento corporal y dejar de mirar el asiento delantero con los ojos petrificados del no parpadear, simplemente no podía creer que por fin había terminado, que finalmente había salido viva, que tenía una maestría, pero que además, había descubierto que tenía una familia rota.
Había ido en búsqueda del otro lado de mi vida y mis posibilidades: ver el mundo desde la perspectiva catalana, desde la cual, mis hermanos llevaban mirando la vida hacía 20 años. Mucho habrá tenido que ver que una vez leí de García Márquez la frase: "Yo estaba destinado a vivir en Barcelona" así que, de alguna manera había que hacer cumplir el destino.
Entre "Bon apetit"s y "Have a nice day"s pasé mis días entre mi resquebrajada e inmigrante familia, catalanes recios y alegrones extranjeros de habla inglesa que disfrutaban Barcelona tanto como yo cuando olvidaba lo que penosamente esos días me estaban mostrando: el motivo real por el cual mis hermanos vivían ahí.
No fue sino hasta inicios del 2020, ya en Lima, con una relación amorosa deteriorada por la distancia y finiquitada por mi misma con una suerte de harakiri, y por si fuera poco, con un intempestivo revés en la salud de mis padres algo viejos y separados, que me di cuenta que mis hermanos se habían vuelto catalanes por la simple razón de que hay dolores familiares que son casi imposibles de tolerar, entonces quizás lo más fácil era volar lejos, por allá por el azul mediterraneo, comer gambas, hacerse el catalán y así, intentar dejar atrás el dolor del nido, desaparecer de esa realidad paralela llamada Perú, que aunque duele porque la patria jamás sale del alma, hay que dejarse de gilipolleces y ganar en euros, pues es lo que hay pa seguir pa lante.
Aterrizo a las 11pm en el Jorge Chavez, mi único amigo, o el único que no se ha olvidado de mi cara en 16 meses, me va a recoger con su novia y me dan el cuarto de servicio para quedarme por unos días mientras encuentro donde establecerme y empezar de nuevo mi vida en Lima, sólo que esta vez, sin novio, sin pertenencias más que dos maletas y ahora con el conocimiento que hay ausencias que más que geográficas son decididas, necesarias e inevitablemente irreversibles cuando ya se habla catalán.
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