viernes, 22 de octubre de 2010

Cuento Riojano I

Una mañana de mi niñez, mi abuela y yo nos levantabamos de dormir, no era usual quedarme en casa suya, pero recuerdo esa mañana como una infinita, más aun ahora que ella ya no esta más conmigo.

Yo siempre había sido una niña de pocas palabras, mi cerebro pensaba mucho más de lo que mi boca podía hablar. Sin embargo, ella presintió que era hora de contarme un cuento, como normalmente las abuelas acostumbran.

Le había pasado a la hija de una amiga suya. Era una niña de 12 años, había ido a recoger agua del río arenoso color miel del pueblo más remoto de la selva peruana. De cuclillas, la niña sumergió el cantaro de barro rojo en las aguas, su madre le había dicho que si demoraba podía ser peligroso. Ella desobedeció al mandato y se puso a jugar con los pequeños pecesillos de la orilla del río. De pronto, sintió el resplandor de una luz multicolor proveniente de la mitad del río.

Tenía el cabello largo y sedoso. Rubia como el mismo sol, era una mujer muy hermosa y parecía haber estado alli observando su jugueteo con los pecesillos, la miraba con la magía inigualable de un ser fantástico proveniente de un mundo desconocido. Cantaba sin necesidad de mover ni abrir la boca, y su canto se transformaba en un sonido arrullador que perturbaba en demasía a la única téstigo del asombroso acontecer.

La niña estaba inmóvil, entre el encanto y el terror a lo desconocido. De pronto, la mujer sumergió su mano en las aguas del río y cogió un boquichico, presionó suavemente en la parte medía del pez y éste soltó sus aletas punteagudas que quedarón a manera de peineta, lo que la mujer usó para mejorar más aún la apariencia de su preciosa cabellera.

Sin dejar de mirar a la niña, empezó a acercarsele con un nadar especial pero sin mover los brazos. Fue cuando la niña se percató de las aletas de pescado que sostenían el cuerpo de la mujer en el agua. Era una sirena. La niña corrió despavorida, soltando el cantaro de barro rojo, rompiendo así todo posible indicio de cordura aparente ante la gente del pueblo.

Dedicado a mi pequeño angelito: Clementina Díaz Torrejón